El conflicto en Medio Oriente ya impacta en la economía argentina y presiona sobre precios e inflación

La suba del petróleo por encima de los 100 dólares el barril genera efectos en combustibles, alimentos e insumos industriales. Aunque también podría traer más dólares por exportaciones, advierten sobre un escenario inflacionario.

El conflicto en Medio Oriente vuelve a demostrar cómo los acontecimientos internacionales pueden tener consecuencias directas en la economía argentina. La reciente suba del petróleo por encima de los 100 dólares el barril encendió alertas en los mercados y comienza a reflejarse en distintos sectores productivos del país.

Aunque el impacto no siempre es inmediato ni lineal, especialistas advierten que la situación puede terminar trasladándose al bolsillo de los consumidores. El aumento del crudo suele arrastrar incrementos en combustibles, transporte, alimentos y numerosos insumos industriales.

En ese contexto, Argentina enfrenta una situación ambivalente. Por un lado, el aumento de los precios internacionales de los commodities representa una oportunidad para el país. Si se mantienen los mismos volúmenes de exportación de petróleo, soja o trigo, pero a valores más elevados, el ingreso de divisas puede aumentar significativamente.

Para una economía que históricamente enfrenta escasez de dólares, ese escenario puede representar un alivio en el frente externo. Más exportaciones valuadas a precios altos implican mayor ingreso de divisas y un potencial fortalecimiento de las reservas.

Sin embargo, la otra cara del fenómeno no resulta tan favorable. Argentina también depende de la importación de insumos clave que están vinculados al comercio internacional que atraviesa Medio Oriente, especialmente la región del Golfo.

Uno de los puntos más sensibles es el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica por la que circula cerca de un tercio del comercio mundial de fertilizantes. Entre ellos se destaca la urea, un insumo fundamental para la producción agrícola.

Si el tránsito por ese corredor se encarece o sufre interrupciones, el impacto llega rápidamente al campo. Fertilizantes más caros implican mayores costos de producción para los productores agropecuarios, que posteriormente se trasladan a los precios de los alimentos.

La industria petroquímica también se ve afectada por esta situación. Gran parte de la producción de polietileno de Medio Oriente depende de ese mismo corredor comercial. Este material es utilizado en una enorme variedad de productos cotidianos, desde bolsas plásticas hasta envases y contenedores.

Desde el inicio del conflicto, los precios de estos insumos ya registraron incrementos que van entre el 17% y el 20%. En las últimas horas, además, se detectaron nuevas subas cercanas al 5,6%, lo que refuerza la presión sobre las cadenas productivas.

Otros derivados industriales también están bajo tensión. Entre ellos se encuentran el polipropileno, utilizado en envases de alimentos y autopartes, y el PVC, un material clave para la construcción y la infraestructura.

Este escenario genera un efecto en cadena que podría traducirse en mayor presión inflacionaria a nivel global. Argentina, con su histórica sensibilidad a los movimientos de precios internacionales, no queda al margen de esa dinámica.

Uno de los canales más directos de impacto es el precio de los combustibles. Durante la última semana ya se registraron aumentos cercanos al 3,6% en las estaciones de servicio, en línea con la estrategia de ajustes graduales que vienen aplicando las petroleras.

Los antecedentes muestran que existe una relación bastante clara entre el precio del petróleo y la inflación local. Distintas estimaciones señalan que cada incremento del 10% en el valor del crudo puede sumar entre 0,1 y 0,3 puntos porcentuales a la inflación.

Si se tiene en cuenta que el barril ya acumuló subas cercanas al 30% en el contexto del conflicto, el impacto potencial sobre los precios internos podría comenzar a sentirse en los próximos meses.

De todos modos, el traslado no siempre es inmediato. En algunos casos, los efectos pueden demorarse debido a los stocks acumulados de combustibles o a decisiones políticas vinculadas al precio interno.

El problema aparece cuando los conflictos se prolongan en el tiempo y las importaciones deben realizarse con valores internacionales más altos, lo que reduce el margen de maniobra de las empresas y del propio Estado.

En ese escenario también resurgen debates históricos dentro del sector energético. Uno de ellos es el llamado “barril criollo”, un mecanismo que establece un precio interno del petróleo diferente al internacional para amortiguar el impacto local.

Si bien este sistema puede funcionar como un alivio temporal para el mercado interno, economistas advierten que también puede generar distorsiones y desalentar inversiones en el sector energético.

Otro factor clave en el precio final de los combustibles es la carga impositiva. En Argentina, más de la mitad del valor que paga el consumidor en el surtidor corresponde a impuestos.

Entre tributos nacionales, provinciales y municipales, la presión impositiva representa aproximadamente el 55% del precio final de la nafta en la Ciudad de Buenos Aires y cerca del 56% en el interior del país.

Esto significa que cuando el petróleo aumenta a nivel internacional, el impacto en los precios locales no depende únicamente del mercado energético, sino también de la estructura impositiva vigente.

Por ese motivo, cada crisis energética global vuelve a instalar el mismo debate económico y político: cuánto margen existe para amortiguar esos aumentos dentro de la economía local.

El conflicto puede desarrollarse a miles de kilómetros, pero sus consecuencias terminan llegando inevitablemente a la economía doméstica. En Argentina, ese impacto suele sentirse con claridad en un lugar cotidiano: el surtidor de la estación de servicio y el precio de los alimentos.